Durante el periodo de primavera de 2023 en la materia de “Prácticas de diseño”, tuve la oportunidad de llevar a cabo una práctica en Huasca de Ocampo, en el estado de Hidalgo, que resultó ser una experiencia sumamente enriquecedora, tanto a nivel académico como personal. Esta práctica se centró en la implementación de un programa de educación socioemocional dirigido a niños y niñas que asisten a una escuela primaria multigrado.
A lo largo de varios meses, nos enfrentamos a un arduo trabajo que incluyó la consulta de diversos autores, la realización de entrevistas y la exploración más profunda de la realidad que rodeaba a la institución, detección de hallazgos, indagar las herramientas tecnológicas, etc. Uno de los desafíos más notables fue la estructura del proyecto, ya que fusionamos conocimientos de dos materias para llevar a cabo un diagnóstico integral.
El trabajo en equipo, la comunicación y la apertura fueron fundamentales para realizar múltiples actividades de manera simultánea. Siempre evaluamos los pros y contras de las propuestas que surgían a medida que avanzábamos en nuestra investigación.
Uno de los aspectos que más disfruté personalmente fue diseñar técnicas de entrevista adaptadas a la edad de los alumnos, considerando que era difícil llamar su atención en los grupos focales y obtener la información necesaria, pues recordé todos esos juegos que yo hacía o inventaba de niña para elegir alguno y además me remonté a que a esa edad lo único que me hacía feliz era jugar. Cada visita que realizábamos nos permitía crear un vínculo especial con los niños, lo cual era gratificante, pero, al mismo tiempo, desgarrador, ya que revelaba los problemas emocionales derivados de la ruptura de vínculos importantes en sus vidas debido a cuestiones económicas.
A pesar de las incertidumbres que rodeaban la ejecución del programa, esta experiencia dejó en mí una profunda impresión y una valiosa lección sobre la importancia de atender las necesidades emocionales de los niños en circunstancias difíciles. Algunos de mis compañeros señalaban que, si hubieran recibido educación socioemocional desde una edad temprana, habrían aprendido a gestionar sus emociones e identificar sus sentimientos.
Lo que me conmovió profundamente fue escuchar a niños de corta edad durante las entrevistas mencionar que sus padres no los ayudaban con las tareas, que tenían que ayudar a trabajar y que extrañaban mucho a sus padres. Sin embargo, pude percibir la inocencia propia de cada uno de los niños y el gran corazón que poseen, ya que a pesar de las dificultades que experimentaban en diversos aspectos con sus familias, tenían un corazón generoso y mucho amor para dar. Me sorprendió cómo su calidez y amabilidad hacia los demás dependían en gran medida de su entorno, ya que eran muy acogedores desde el momento en que nos conocieron.
Además, experimenté una gran satisfacción al observar cómo, durante los dos días de implementación del programa, cada grupo de niños se divertía con las actividades que habíamos planificado. Estas actividades les permitieron aprender sobre el aspecto socioemocional a través del juego, el diálogo y las experiencias compartidas.
Finalmente, considero que, aunque esta práctica fue un logro más en nuestro desarrollo como pedagogos, de alguna manera dejamos una impresión duradera en los niños. La iniciativa de abordar este tema en una comunidad tan desfavorecida en términos de recursos educativos puede ser un primer paso hacia la adaptación de contenidos que se ajusten a sus necesidades y posibilidades para seguir teniendo como prioridad la educación socioemocional y formar a niños felices y mentalmente saludables.